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La derrota de Bolsonaro contiene una valiosa lección sobre cómo proteger la democracia

Opinión de Oliver Stuenkel*

El País (México)

CIUDAD DE MEXICO, 30 de octubre de 2022./Opinión de Oliver Stuenkel/El País (México).-  Si bien Luiz Inácio Lula da Silva había liderado las encuestas para la segunda vuelta de las elecciones brasileñas, su victoria es histórica. Ningún presidente en Brasil ha perdido su reelección, en gran parte debido a la enorme ventaja que proporciona ser el titular del Ejecutivo. Incluso Dilma Rousseff, cuyo primer mandato estuvo marcado por un bajo crecimiento económico y protestas a gran escala en 2013, logró ganar la reelección en 2014. El triunfo de Lula es una señal del profundo descontento de la sociedad brasileña con la actual situación y del rechazo contra Bolsonaro, y están en línea con el sentimiento dominante contra los gobernantes de turno en América Latina: en las últimas catorce elecciones libres y justas en la región, el presidente o el candidato oficialista perdió. Dado el entorno macroeconómico altamente desafiante y el impacto continuo de la pandemia, los votantes en América Latina están enojados y frustrados, y en gran parte rechazan a quien está en el poder.

Siguiendo en gran medida su retórica antidemocrática —basada en la ya conocida estrategia de populistas con tendencias autoritarias en Hungría, Venezuela, Turquía, Nicaragua y del expresidente estadounidense Donald Trump–, Bolsonaro buscó desacreditar el sistema de votación de Brasil y atacó a la prensa, las universidades, el Poder Judicial e invocó supuestas conspiraciones “globalistas”. Al igual que el expresidente Hugo Chávez en Venezuela, Bolsonaro militarizó su gobierno y puso a más de 6000 militares en los ministerios, muchos en posiciones clave.

Sin embargo, aunque líderes como Chávez, Daniel Ortega y Viktor Orbán inicialmente ganaron elecciones libres y justas y reprimieron con éxito la democracia a lo largo de múltiples ciclos electorales, Bolsonaro perdió su reelección. El ganador, Lula da Silva, regresó a la escena política a tiempo para las elecciones luego de que la Corte Suprema anulara una condena por corrupción por la que debió pasar 19 meses en la cárcel, y ha buscado proyectarse como un pragmático experimentado capaz de generar, una vez más, la bonanza impulsada por el auge de las materias primas por la que muchos recuerdan a su gobierno.

Los últimos meses han sido testigos de una estratégia altamente sofisticada para frustrar el intento de Bolsonaro de erosionar la democracia, que brinda una importante lección a países cuya democracia también está amenazada.

En los últimos meses, innumerables figuras de la oposición brasileña han dejado de lado sus egos y se han unido a una coalición notablemente amplia encabezada por Lula, incluidos políticos de extrema izquierda como Guilherme Boulos, ambientalistas como Marina Silva, exbanqueros y conservadores fiscales como Henrique Mereilles y centristas como Aloysio Nunes. Lo más notable es que también incluyó a numerosos políticos con una larga y amarga rivalidad con el Partido de los Trabajadores (PT).

Ministra de Medio Ambiente durante los primeros cinco años del gobierno de Lula, Marina Silva renunció en protesta en 2008 y se postuló contra la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, en 2014. Inicialmente, la lideresa ambiental apareció como favorita para ganar las elecciones, antes de que el PT adoptara una retórica extremadamente polarizadora y participara de una difamación contra ella, un episodio sin precedentes en la política brasileña desde la democratización en la década de 1980, y que hoy se ve como un trampolín hacia las tácticas aún más peligrosas adoptadas por la campaña de Bolsonaro en 2018. De la misma manera, Lula eligió como candidato a vicepresidente a un exgobernador de centroderecha de São Paulo, Geraldo Alckmin, quien lo desafió en las elecciones presidenciales en 2006 y había acusado a Lula de presentarse a la reelección para “volver a la escena del crimen”, en alusión a los escándalos de corrupción durante su primer mandato presidencial. Esta alianza muy amplia ha permitido a la oposición describir las elecciones como una contienda entre la democracia y la autocracia. La estrategia también fue crucial para convencer a muchos centristas de que Lula lideraría un gobierno centrista destinado a superar la polarización extrema que dio forma a los últimos cuatro años. Esto es aún más notable porque el propio Lula está lejos de ser una figura despolarizante. Pocos brasileños son indiferentes al ex líder sindical cuyo gobierno llevó adelante una dramática reducción de la pobreza, pero que vio corrupción a gran escala y que eligió a una sucesora que hundió la economía.

Incluso si Bolsonaro acepta su derrota (un escenario poco probable) y la transición ocurre pacíficamente, es poco probable que la democracia de Brasil esté totalmente recuperada. Al igual que en Estados Unidos, los constantes ataques a la credibilidad del sistema de votación han dejado cicatrices que probablemente perduren. ¿Cómo reaccionarán los seguidores más radicales de Bolsonaro, muchos de los cuales piensan que todas las encuestas son falsas y que esperaban que su candidato ganara en la primera vuelta? Las encuestas sugieren que alrededor del 25% de los votantes de Bolsonaro no quieren que su presidente ceda si pierde. Por primera vez desde la democratización, es probable que una parte del electorado brasileño cuestione la legitimidad del nuevo Gobierno. El riesgo de un “6 de enero” brasileño sigue siendo agudo después de la segunda vuelta.

*Oliver Stuenkel es doctor en Ciencias Políticas y profesor de Relaciones Internacionales en la Fundación Getulio Vargas, en São Paulo.

 

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