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LETRAS DESNUDAS

09 enero 2019

MARIO CABALLERO

EZLN: ¿CON QUÉ AUTORIDAD MORAL?

¿Habrá alguien hoy en día que meta las manos al fuego por el EZLN? Lo dudo mucho. Su desprestigio es tan grande como el fracaso de su movimiento. Por eso las ardientes palabras de su líder, el subcomandante Galeano (antes Marcos), que prometen una rivalidad contra el gobierno federal, no son más que las pataletas de un revoltoso.

Indiscutiblemente la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional convulsionó al país aquel año nuevo de 1994. A todos tomó por sorpresa y su aparición fue noticia internacional. Chiapas se volvió el foco de atención de centenares de medios de comunicación de todo el mundo. Y si en algún momento fue el recurso que representó las demandas más sentidas de los pueblos originarios de Chiapas, hoy no es más que un cascarón que guarda un huevo podrido.

Las causas que provocaron el levantamiento zapatista eran, por supuesto, múltiples y complejas, y mostraron la hondura del drama social que viven las comunidades indígenas donde, como dijera Rosario Castellanos, la humillación es un hábito.

Algunos piensan que el problema indigenista se origina en que la Revolución perdió en Chiapas. Otros dicen que viene de mucho más tiempo atrás, hacia la Conquista, hace más de quinientos años, cuando una cultura se impuso sobre otra. El desaparecido Luis González de Alba apunta que la historia de humillación empezó hace mil años, con la extinción del imperio maya.

Sea cual sea el inicio, al desamparo del pasado remoto hay que sumarle las opresiones actuales. Los pueblos originarios de Chiapas siguen siendo tierra cansada, donde la población crece y se aísla, los conflictos agrarios se multiplican, la selva es saqueada, el régimen político es caciquil e intransigente y los conflictos religiosos son profundos.

En ese mole de dolores, un grupo políticamente organizado, el EZLN, logró imponer su determinación radical y cambiar en buena medida la historia del siglo pasado mexicano. Pero aquí no me interesa hablar de las fuentes de la guerrilla, sino de sus consecuencias políticas, de su impacto en la democracia y especialmente de las conquistas para el pueblo indígena.

RAZONES PARA ABORRECER

El primer impacto de la rebelión zapatista fue poner sobre la mesa lo que la arrogancia del poder y cierta complacencia colectiva trataron de esconder en los últimos años, y que es el problema principal y de toda la vida de México: la desigualdad.

Durante bastante tiempo hubo voces que pusieron el dedo en esa honda dolencia de la nación, pero ninguna se escuchó tan fuerte como el grito de los zapatistas. No podemos negar que el EZLN desnudó al país, mostró su racismo, su indiferencia y hasta su desprecio por la gente nativa. ¿Cuántos artículos se publicaron en la prensa desde el 1 de enero de 1994? ¿Cuántas mesas redondas ha habido desde entonces en las que se ha hablado de la condición de los indígenas mexicanos? Sabíamos que México estaba roto y que así entraba a un nuevo siglo, y el zapatismo representó ese desgarramiento.

El zapatismo, como movimiento reformista, fue un acicate democrático hace 25 años. “Lo que para nosotros inicia en 1994 es uno de los muchos momentos de la guerra de los de abajo con los de arriba, contra su mundo… Era y es la nuestra, como la de muchos y muchas de abajo, una guerra por la humanidad y contra el neoliberalismo”, fueron las primeras palabras del entonces subcomandante Marcos justamente el día que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de México con Estados Unidos y Canadá (TLCAN).

Pero, ¿qué ha sido de esa guerra? Literalmente, un fraude. Una simulación. Un fingimiento de preocupación por los abandonados.

Rafael Sebastián Guillén Vicente no era un humanista. Antes de presentarse ante el mundo como el subcomandante Marcos, en sus años de juventud había sido un estudiante de filosofía en la UNAM que sin graduarse fue contratado como maestro en la Universidad Autónoma Metropolitana, en 1979. Sus amigos lo describían como un solitario, medio noviero y un izquierdista que le gustaba ser el centro de atención, y lo lograba a través del pensamiento revolucionario.

En el discurso Guillén Vicente era considerado radical entre los radicales, pero en los hechos era un chico refinado, de gustos burgueses y muy intransigente. ¿Se preocupaba por los humildes, la gente pobre y menesterosos? Para nada. Por desgracia, él y sus amigos encontraron en la selva chiapaneca el lugar propicio para echar a andar sus luchas ideológicas y no tardaron en convencer a un grupo de hombres y mujeres de que su misión histórica era incendiar el país con la antorcha de la revolución, igual que el Che Guevara.

Fue mentira de que le interesaba reclamar los derechos de los indígenas a tener una vida digna, o como él mismo dijo: democracia, libertad, tierra, pan y justicia. Porque un líder verdaderamente interesado en el bienestar de las personas no las hubiera enviado a la guerra con escopetas de palo.

Los enfrentamientos no duraron más que doce días, pero la ignominia perdura hasta hoy. Aquel movimiento que provocó la ilusión de una nueva etapa para la democracia mexicana, al poco tiempo comenzó a hacer alianzas con el poder, a hacer pactos en lo oscurito con el PRI y traicionando a las miles de personas que se pusieron los pasamontañas creyendo en un mejor porvenir. Por el EZLN, en vano se perdieron decenas de vidas.

En el lejano 1994, Marcos y su grupo élite se reunió en varias ocasiones con Cuauhtémoc Cárdenas, entonces candidato del PRD a la Presidencia de la República, y acordaron apoyo mutuo. Pero hay testimonios de muchos ex zapatistas de que el subcomandante ordenó votar a favor de Ernesto Zedillo. Desde entonces las pocas comunidades zapatistas gozan de privilegios y autogobierno, donde ningún gobernante actual tiene autoridad.

De ahí en adelante, tanto en las elecciones de 2000, 2006 y 2012, el EZLN negoció votos con el PRI y el PAN a cambio de prebendas políticas. Por eso los muchos años de silencio. Hasta que en 2018, desligado de los partidos hegemónicos, anunció su participación en las elecciones con candidata propia, Marichuy, quien no logró el registro por falta de argumentos y convencimiento de un proyecto de gobierno incluyente y de avanzada. En resumen, la lucha zapatista no aportó nada a la democracia.

Y, por otro lado, su supuesta lucha por justicia social no tiene ningún fruto. Pues los pueblos indígenas siguen en el abandono, en la dispersión social, con miles de familias muriendo de hambre, sin atención médica, sin vivienda y sin educación. La mayor tasa de muerte materna e infantil está en esos lugares, donde los niños mueren por enfermedades curables como la fiebre y la diarrea, y donde para tener agua en los hogares tienen que recorrer dos o más kilómetros de distancia.

A la sazón, ¿para qué sirvió que el EZLN exigiera respeto a los Usos y Costumbres si la gente sigue sufriendo marginación y pobreza? Al contrario, eso nada más sirvió como patente para que muchos puedan delinquir y vivir impunemente.

SIMPLEMENTE PATALETAS

Con todo ello, ¿con qué autoridad moral el EZLN y el subcomandante Galeano acusan al actual gobierno de pretender destruir al país y a los pueblos originarios? Hay que notar, también, que el subcomandante Moisés llamó loco, mañoso, tramposo, apestoso político, mentiroso, descerebrado y nuevo finquero a López Obrador, al que, según él, “si la madre tierra le hablara, le diría “chinga tu madre, vete a la chingada”. Insultos que nunca lanzó contra ninguno de los anteriores presidentes.

En fin, ¿dónde estaban cuando el pasó el Fobaproa, el fraude electoral de 2006, el inicio de la guerra contra el narco, la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa y las reformas constitucionales de Peña Nieto?

En el derrame biliar, dicen los jefes zapatistas que el proyecto del Tren Maya “es una porquería”. Pero hasta donde es posible prever, esa obra creará fuentes de empleo durante la construcción y después en su operación. Además, pagará a los grupos que resulten afectados por el derecho de vía y ofrece la posibilidad de un ingreso permanente a las comunidades por donde pase el tren. Claro, todavía tiene sus bemoles y aún no cuenta con un anteproyecto. Pero es viable.

Así que, finalmente, sin ninguna autoridad moral, sin arrastre social y bastante mermado en su militancia, cualquier protesta del EZLN es un cero a la izquierda, un simple berrinche, que se opone a la modernidad con argumentos falaces y léperos. ¡Chao!

@_MarioCaballero

 

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